Jorge Di Pascuale

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Jorge fue un dirigente sindical revolucionario, que se destacó como líder de los trabajadores de farmacia, y militante del peronismo revolucionario. Nació el 28 de diciembre de 1930, en Buenos Aires.

Di Pascuale, miembro de la Asociación de Empleados de Farmacia (ADEF), pasó al primer plano del sindicalismo argentino luego del golpe de estado que derrocó al presidente Juan D. Perón en 1955, durante el período conocido como la Resistencia Peronista. Fue elegido secretario general del Sindicato de Farmacia en 1957. Integró el ala más combativa del sindicalismo peronista y resultó elegido diputado nacional en 1962, en elecciones que fueron anuladas por los militares. En 1968 fue elegido secretario adjunto de la CGT de los Argentinos, secundando al líder de los obreros gráficos, Raimundo Ongaro.

Comenzó su carrera sindical como delegado del personal en la Farmacia Franco Inglesa, uno de los mayores establecimientos de ese ramo de Buenos Aires. En 1957, la dictadura militar que había derrocado en 1955 al gobierno democrático de Juan Domingo Perón permitió elecciones en el intervenido Sindicato de Empleados de Farmacia. Se realizaron tres elecciones sucesivas, en mayo, julio y septiembre (la intervención se negaba a entregar el gremio a los vencedores por su filiación peronista), y en todos se impuso la Agrupación “22 de diciembre” - Lista Blanca, fundada por Jorge Di Pascuale, Alfredo L. Ferraresi, Horacio Mujica y José Manuel Azcurra, llevando a aquél como Secretario General del gremio. En 1959 tuvo participación significativa en la huelga del Frigorífico Lisandro de la Torre. Al año siguiente fue nombrado Secretario de Prensa de las “62 Organizaciones Peronistas”.

En las elecciones de marzo de 1962 fue elegido diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires, resultando el más votado de los candidatos peronistas del distrito (la elección era nominal). En esas mismas elecciones el peronista Andrés Framini fue elegido gobernador de la estratégica provincia de Buenos Aires. Bajo presión de los sectores militares, el presidente Arturo Frondizi anuló las elecciones; no obstante, habría de sufrir un golpe de estado pocos meses después. Entre 1961 y 1964 fue Secretario del Consejo Coordinador y Supervisor del Peronismo. También en 1962 Di Pascuale tuvo participación destacada en el Plenario de Huerta Grande, donde los sectores más combativos del movimiento obrero trazaron un programa revolucionario de gobierno.

En 1963 fue designado por Juan Domingo Perón como su delegado personal ante los países socialistas. En marzo de 1963 viajó a Madrid, donde Perón se encontraba exiliado, junto con otros dirigentes sindicales. Por instrucciones de Perón se dirigió a Cuba, donde se entrevistó con dirigentes de la Revolución, entre otros, con el "Che" Guevara. En agosto de 1964 fue encarcelado, acusado de "subversión".

Un nuevo golpe de estado derrocó en 1966 al presidente Illia. Mientras que los sectores sindicales "colaboracionistas" encabezados por Augusto Timoteo Vandor apoyaron el golpe o permanecieron neutrales ante éste, los sectores combativos encabezaron la lucha contra la nueva dictadura. En 1968 Di Pascuale participó activamente junto a Raimundo Ongaro (gráficos), Agustín Tosco (Luz y Fuerza, Córdoba), Amado Olmos (sanidad), Julio Guillán (telefónicos), Ricardo De Luca (navales), Atilio Santillán (trabajadores azucareros, Tucumán) y otros en la creación de la organización CGT de los Argentinos, que se oponía al sector "colaboracionista". Di Pascuale fue secretario adjunto de la central obrera.

Su participación en el surgimiento del ala revolucionaria del peronismo fue fundamental: el Primer Plenario del Peronismo Revolucionario, en 1968, convocado por Alberte, Rearte y Cooke, se realizó en la sede del sindicato en Buenos Aires. En 1969 la lucha contra la dictadura se profundizó, y se produjeron el Cordobazo y otras numerosas insurrecciones populares en todo el país. El sindicato de empleados de farmacia fue intervenido y Di Pascuale pasó casi todo el año 1969 en la cárcel. Salió en libertad al año siguiente, recuperando la conducción del sindicato. La dictadura militar cayó finalmente en 1973, y el 25 de mayo de ese año, cuando asumió la Presidencia Héctor Cámpora, Di Pascuale recobró su libertad.

Después de la muerte de Perón, el 1º de julio de 1974, los enfrentamientos entre los sectores de izquierda y derecha del peronismo se exacerbaron. Di Pascuale, que adhería a la corriente interna denominada Peronismo de Base, recibió múltiples amenazas de la organización terrorista de extrema derecha Triple A. Muchos dirigentes políticos, sociales y sindicales de la izquierda combativa, como Atilio López, fueron asesinados por la Triple A; otros, como Agustín Tosco, debieron permanecer en la clandestinidad o marcharon al exilio. A mediados de 1975, los compañeros de Di Pascuale lograron convencerlo de exiliarse en Venezuela.
Luego de permanecer tres meses en ese país, regresó a la Argentina. Durante 1976, Di Pascuale permaneció al frente del sindicato, pero como medida de seguridad, dormía fuera de su casa. La represión se encontraba en su pico máximo y él mismo había dicho "no sé si llego a diciembre, no sé si en cualquier momento desaparezco yo".

El 28 de diciembre de 1976 era su cumpleaños, por lo que decidió quedarse con su segunda esposa y su hijo menor, Jorge, quien tenía entonces 6 años. Ya en la madrugada del 29 de diciembre ingresó a su domicilio un grupo de tareas, quien luego de interrogarlo y robarle el aguinaldo y una radio, se lo llevó diciendo que iban a la comisaría y lo largaban al día siguiente.

Pero Di Pascuale no volvió a aparecer. Tanto desde el sindicato como desde la CLAT se enviaron telegramas y realizaron gestiones para su liberación, sin ningún resultado. Y luego se perdió todo rastro.

En 2009 el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de Jorge Di Pascuale, en el marco de una investigación que encabezó el camarista federal Horacio Cattani, por la búsqueda de la verdad y destino final de desaparecidos durante la dictadura. Los mismos habían sido exhumados entre 1988 y 1992, en tumbas NN en el Cementerio de Avellaneda, pero las limitaciones del Banco Nacional de Datos Genéticos demoraron su identificación. El cadáver presentaba lesiones de "impacto de -al menos- tres proyectiles de arma de fuego que afectaron cráneo, hombro y pelvis".

Tal como había deseado su hijo Fernando cuando empezó la búsqueda, el 28 de diciembre de 2009 sus restos fueron velados en la sede del sindicato. Al día siguiente, Jorge Di Pascuale fue finalmente enterrado en el Cementerio de la Chacarita, el mismo día que se cumplieron los 33 años de su secuestro.


Sus compañeros siempre exigieron su aparición con vida

El 29 de Diciembre de 1976 un grupo de hombres armados, y sin más razón que la fuerza, se llevó a nuestro Secretario General, Jorge F. Di Pascuale. Desde ese momento hasta la fecha se realizaron innumerables gestiones para conocer su paradero, pero todas resultaron infructuosas. Sus familiares, amigos, compañeros de la Asociación de Empleados de Farmacia, instituciones y personalidades nacionales e internacionales y aún los distintos gobiernos extranjeros, invariablemente recibieron la misma respuesta por parte de los sucesivos gobiernos militares: un silencio culpable.

Probablemente creyeron que el silencio los ayudaría a eludir inevitables responsabilidades, y que en transcurso del tiempo terminaría por enfriar la misma pasión de los reclamos, pero se equivocaron.
Estos años de oscuridad, de descreimiento, de frustración, de injusticia y de dolor han templado nuestro ánimo. Como el pueblo, al que pertenecemos, no por adscripción sino por origen, ideología y destino, y junto al cual transitamos el arduo pero fecundo camino hacia la liberación de nuestra patria, hemos madurado en la adversidad. Al amparo de sus rigores hemos fortalecido y agigantado nuestra fe, nuestras convicciones y nuestro valor. Esta circunstancia determina que hoy nos encontremos de pie, más firmes que ayer, exigiendo el inmediato esclarecimiento de lo ocurrido a Jorge F. Di Pascuale.

A pesar del entrañable afecto que nos une a nuestro Secretario General, no magnificamos el suceso. Sin embargo, el hecho constituye, indudablemente, una grave violación de los derechos humanos y, carente de fundamentos jurídicos y politicos, sólo puede inscribirse como una brutal expresión de la ominosa Doctrina de la Seguridad Nacional.

Esta afirmación con todo lo elocuente y veraz que puede resultar, nos obliga a formar algunas reflexiones sobre su real significado en la vida nacional.
En la Argentina, como en otros países latinoamericanos, la Doctrina de la Seguridad Nacional ha servido de ideología justificadora de una minoría que, en su nombre, se adueñó del poder, se autoproclamó defensora de la civilización occidental y cristiana, dividió a los argentinos en réprobos y elegidos, concentró todas sus energias en descubrir enemigos interiores y, finalmente, con la excusa de combatir a un terrorismo minoritario, sin arraigo popular, instauró un terrorismo de Estado, tan reprobable como el otro, que vulneró las normas escenciales de la convivencia civilizada, despreció la moral cristiana y sepultó los derechos y garantías reconocidos a los argentinos por la Constitución Nacional.
Lamentablemente, este rosario de desventuras y desaciertos que se enhebró durante estos años desde la soledad de poder no fué producto de la casualidad ni de una apreciación equivocada, sino la descarnada manifestación de un proyecto politico y económico que, para su properidad, necesitó organizar la destrucción del hombre y la tierra argentinos.
El secuestro y posterior desaparición de Jorge F. Di Pascuale, como el de tantos otros compatriotas, demuestran con dramática expresibidad cómo operaba la Doctrina de la Seguridad Nacional en la realidad jurídica y politica argentina.

En lo jurídico, esta violencia irracional significa el absoluto desconocimiento de los derechos de la personalidad, entre los que se cuentan los derechos a la vida y a la integridad física, incluidos entre los que enunncia el articulo 33 de la Constitución Nacional; la violación del derecho a la libertad, que no se reduce a declaraciones abstractas, sino que adquiere expresión concreta en el derecho a no ser arrestado sin causa justa y sin forma legal; y el total desprecio por el habeas corpus, la garantía instituida para proteger la libertad individual contra los excesos del Estado.
Sin embargo, esto no es todo. También se ha vulnerado la seguridad jurídica, valor escencial de la sociedad moderna, al negarse el derecho a la jurisdicción, que se asegura con las garantías del debido proceso y de los jueces naturales, que en principio, importan la sustanciación de un juicio ante un tribunal de justicia, designado por la ley, y el cumplimiento de las etapas de acusación, defensa, prueba y sentencia. Finalmente, debemos tener en cuenta que las funciones judiciales son indelegables y que la Constitución le prohibe al propio Presidente de la Nación ejercerlas, aún durante el estado de sitio. Pero ninguna de estas consideaciones detuvo al gobierno militar, que no tuvo el menor escrúpulo en usar direccionalmente el poder para imponer su modelo de sojuzgamiento nacional y exclusión popular.

En cuanto a lo político, en Jorge F. Di Pascuale no se ha reprimido a un subersivo, a un corrupto o a un servidor de ideologías extremas, a los que, por otra parte, nada autoriza a sustraerlos de la mano de la justicia. No, en él se ha pretendido sofocar las genuinas concepciones y aspiraciones revolucionarias del pueblo argentino, ésas que no se nutren de modelos  transplantados mecánicamente ni de odios cerriles, porque su fuerza les viene de la memoria y de la práctica colectiva de un pueblo que hizo la independencia con San Martín, que la defendió con los caudillos federales, que creció políticamente con el yrigoyenismo y que , por fin, encontró en el peronismo la sustancia social que lo encaminó hacia la auténtica liberación del hombre argentino.
Este gobierno militar, embriagado de autoritarismo y de soberbia, en Jorge F. Di Pascuale ha perseguido antes que a un dirigente sindical representativo, comprometido con la vida y el destino de los trabajadores, a una conducta sin dobleces, a una definición ideológica y política,  a una consciencia al servicio de la patria y de su gente, a una permanente vocación por la libertad, la justicia y la dignidad humana, a una pasión por la participación y el protagonismo popular en la realización de una sociedad  justa y democrática. Estas razones son las que han alentado la ciega violencia descargada sobre nuestro Secretario General. Las que pudiera invocar el gobierno de las Fuerzas Armadas para justificar su proceder, seguramente sólo servirán para acrecentar su ya interminable desprestigio.

En estos tiempos en que se promete institucionalizar la República, se llama al diálogo y se predica a la reconciliación de los argentinos, las autoridades de esta etapa del proceso militar tienen la oportunidad de demostrar la seriedad y el alcance de sus propósitos, ofreciendo la respuesta que  hasta ahora han negado con tanto empecinamiento. Deben saber, como lo sabemos nosotros y todos los sectores de la vida nacional, que la desaparición de Jorge F. Di Pascuale, como la de cualquier argentino, exige un inmediato esclarecimiento y el juzgamiento de todos los responsables. Hemos crecido lo suficiente como para abrigar estériles deseos de revancha. Pero también amamos demasiado a nuestro país  y creemos fervientemente en la democracia como para pensar que podemos empezar a reconstruir la sociedad argentina sobre una herida abierta, que implica un agravio hacia la dignidad humana y a las normas primarias de convivencia social. Ninguna sociedad puede edificar su futuro sobre la impunidad de los violentos. Esto sería como apostar a la muerte y nosotros creemos profundamente en la vida,  en una vida plena, con justicia en la distribución de la riqueza y con respeto por la persona humana, en la que el hombre puede realizar su destino trascendente.

La iglesia ha señalado las bases de la única reconciliación posible : la verdad, arrepentimiento, justicia y misericordia. Y a  ellas adherimos. Esperamos que también lo hagan los responsables de este inicuo proceso militar y pongan lo que deben : la verdad y el arrepentimiento, porque al pueblo le corresponden la justicia y la misericordia. Solo cuando se hallan dado estos pasos podremos comenzar a levantar el país justo, libre y soberano con el que soñaron los mejoes hombres que dió esta tierra y con el que todavía soñamos la inmensa mayoría de los argentinos.


Alfredo Luis Ferraresi

      Horacio P. Mujica

Destrucción del expediente formado a raíz de la desaparición de Jorge F. Di Pascuale

El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) ha denunciado la destrucción del expediente formado para procurar.

Destrucción del expediente por la desaparición de Jorge F. Di Pascuale

El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) ha denunciado la destrucción del expediente formado para procurar la localización de nuestro Secretario General, Jorge F. Di Pascuale, secuestrado de su domicilio el 29 de diciembre de 1976 por un grupo de hombres armados que invocó una comisión oficial.

De acuerdo con la denuncia, el Ministerio del Interior habría admitido la comisión de este hecho gravísimo, que en caso de probarse, configuraría los delitos tipificados por los arts. 285 y 294 del Código Penal. Sin embargo, no es la clasificación legal del hecho la que nos interesa, sino sus consecuencias y su verdadero significado en esta hora sombría de la vida argentina.

Desde el mismo momento en que se produjo el secuestro de Jorge F. Di Pascuale nuestra Organización reclamó su aparición y el completo esclarecimiento de lo ocurrido. En distintas oportunidades preguntamos si Jorge F. Di Pascuale pudo ser considerado un subversivo, qué cargos se le formularon, quién se arrogó el derecho de juzgarlo y con qué autoridad. Todo fue inútil. Nadie se atrevió a hacerse cargo del procedimiento irregular, indudablemente, era y es muy difícil de explicar.

Ante el silencio y la indiferencia de las autoridades militares, sólo quedo esperar que la justicia hallara las respuestas que nadie daba.

Ahora el Ministerio del Interior le comunica al juez interviniente que el expediente con las actuaciones motivadas por la desaparición de nuestro Secretario General ha sido destruido. Desgraciadamente, esta declaración confirma que los argentinos todavía no hemos colmado nuestra capacidad de asombro. Estos siete años de soberbia autoritaria nos han curtido la piel y el corazón, nos han preparado para soportar con entereza las peores iniquidades, pero no han alcanzado para despojarnos de nuestra sensibilidad ante el dolor y la injusticia. Pero también nos ha enseñado que en la Argentina no sólo hay que reestablecer el imperio de la Constitución y la convivencia democrática sino fundamentalmente la dignidad de la persona humana y la seguridad jurídica.

Ninguna sociedad puede mirar confiada hacia el futuro si sus gobernantes no respetan estos valores esenciales. Y justamente éste es el drama argentino. Sin temor a equívocos, puede afirmarse que la historia del hombre no es más que la historia de su lucha por lograr el reconocimiento de sus derechos por parte de los poderosos. Desde las cartas y fueros medievales hasta las modernas Constituciones es visible la preocupación por establecer que nadie puede erigirse en dueño de la vida y de los bienes de las personas. Esta norma, que ya es un principio fundamental de nuestra civilización, ha sido recogida por nuestra Constitución en el art. 29, donde con extrema dureza se expresa que nadie puede conceder ni arrogarse facultades extraordinarias, la suma del poder público, sumisiones o supremacías " por las que la vida, el honor o las fortunas de los argentinos queden a merced del gobierno o persona alguna”. Con este principio, completado con otros de idéntica jerarquía, la Constitución pretende resguardar a todos los habitantes de cualquier acción abusiva que menoscabe sus derechos. Y ésta es la seguridad jurídica que debe garantizar el Estado, de modo que el hombre pueda organizar su vida confiado en el orden jurídico existente, con la certeza de saber que encontrará protección frente a las arbitrariedades y la violencia.

En la Navidad de 1942, cuando el mundo vivía días de tragedia, el Papa Pío XII, conmovido y alarmado por los atropellos a la vida humana, proclamó el Derecho a la Seguridad Jurídica como uno de los derechos inalienables de la personalidad. Años después, todavía bajo la dolorosa impresión de la Segunda Guerra Mundial , la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, donde se enuncia, entre otras normas, que "toda persona tiene derecho a la vida, la libertad y la seguridad; a que se presuma su inocencia hasta tanto no se pruebe su culpabilidad en un juicio celebrado con las debidas garantías; a no ser sometida a torturas o tratos degradantes; y a la igualdad ante la ley".

En esta desventurada Argentina del Proceso ninguno de estos principios ha quedado en pie. Uno a uno han sido conculcados y los argentinos hemos quedado a merced de la arbitrariedad y la violencia de los gobernantes. Se ha creado un orden autocrático en el que sólo los gobernados son justiciables, olvidándose que tanto el Estado como los gobernantes tienen la obligación de ajustar su conducta al derecho vigente y que, si así no lo hicieran, deben ser llevados ante los tribunales para que éstos juzguen sus actos.

Este lamentable suceso, vinculado a la investigación del secuestro de Jorge F. Di Pascuale, nos duele no sólo por tratarse de nuestro Secretario General sino fundamentalmente por ser un dirigente comprometido con la lucha permanente de la clase trabajadora. Pero también nos alarma porque viene a sumarse a esa interminable cuenta de agravios y vergüenzas que conforma esta Argentina enajenada que se ha ido forjando desde el 24 de marzo de 1976, en la que no sólo se ha violado sistemáticamente la ley, sino que desde todas las instancias del poder se ha procurado la impunidad para los culpables. Una Argentina en la que no se ha esclarecido un solo secuestro de todos los denunciados; en la que los jueces deben forzar la interpretación de la ley para no sancionar a presuntos culpables; en la que se puede matar impunemente a un hombre, como ocurrió con Dalmiro Flores el 16 de diciembre de 1982, sin que se pueda determinar quién fue el asesino; en la que el comandante en jefe del Ejército se permite negarle información a un juez, que recién entonces descubre que se pretende mantener situaciones de excepción por un lado e inmunidad por el otro"; una Argentina en la que, sin inmutarse, el Ministerio del Interior le comunica a un juez que ha destruido las constancias de lo actuado con motivo de la desaparición de Jorge F Di Pascuale, con el probable propósito de obstruir la investigación judicial que pudiera señalar a los culpables.

Como el pueblo del que procedemos y junto al cual marchamos, no queremos una Argentina injusta, sin libertad ni seguridad para nadie, en la cual mientras las autoridades prometen un informe sobre los desaparecidos, un general las desmiente confesando con malsana arrogancia que los desaparecidos están muertos y que él mismo ha participado en esa injustificable y cruenta operación. Nosotros aspiramos a construir un país justo, con libertad y seguridad para todos, aun para aquellos que han cometido los peores crímenes que un hombre pueda cometer: ofender la vida y la dignidad humana. Estos delitos son imprescriptibles, no los remedia el paso del tiempo, y tendrán que ser investigados y juzgados por los jueces de la Constitución, no para satisfacer mezquinos desquites, sino porque el triunfo de la justicia y la paz exige un enjuiciamiento de los arbitrarios y los violentos. Cuando llegue ese día, la Argentina habrá reencontrado el camino de derecho, la libertad y la democracia, y podrá aguardar con fe el porvenir. Una vez más la vida habrá vencido a la muerte.


El Testimonio de su hijo Fernando

A 22 años de su desaparición

Yo tenía 19 años cuando secuestraron a mi papá. Fue el 29 de diciembre de 1976 a la una de la madrugada. Él era militante peronista, secretario general del sindicato de Farmacia. Entraron ocho tipos de civil saltando una tapia y había otros ocho afuera. Vivía con su segunda mujer y un hijo de 6 años. Había dudado en ir a la casa, pero el 28 era su cumpleaños. "No vayas, Jorge" le dijo un compañero. Fue. Estaba podrido de andarse ocultando.

Él era así. Antes se había exiliado en Venezuela, no aguantó y se vino en 1975, cuando la Triple A. Todos los viernes llamaba por teléfono al sindicato desde Caracas para hablar con mi vieja y acá le decían que la situación no estaba como para que volviera. Un día manda un telegrama con la fecha de su regreso a Buenos Aires. La lucha está allí, yo voy allá, seguro pensaba. Ahora que estoy investigando estas cosas me do cuenta que él sabía que le iba a pasar. Se seguía viendo con mi mamá y un día del '76 je dijo: "No sé si llego a diciembre, no sé si en cualquier momento desaparezco yo". 
En el '57 ganó la dirección del sindicato con la Lista Blanca , así, a pulmón. Mi vieja estaba embarazada de mi hermana mayor, que me lleva un año, agarraban papel de diario, lo ponían en el piso y pintaban "Vote Lista Blanca". Era la época de la "resistencia peronista". También fue candidato a diputado (en Capital Federal) en las elecciones que, en la provincia de Buenos Aires, ganó Framini y anuló Frondizi, en 1962. Fue el candidato más votado. Otros electos cobraron sus dietas. Él nunca las quiso cobrar. La tenía muy clara.

Nunca tuvo auto, el que manejaba era del sindicato. Y siempre hacía una changa para completar, vendía libros a vendía heladeras. Mi vieja también laburaba. Se separaron cuando yo tenía 5 años. Y la señora con la que vivió después también trabajaba. Yo disfruté a mi viejo, es la gran diferencia con los otros hijos que no tuvieron la posibilidad. 
En diciembre del 76 yo trabajaba en una imprenta. Era el 29 y estábamos por festejar el Año Nuevo cuando viene un amigo y me dice que habían secuestrado a mi viejo. La noticia había salido en Crónica  de la mañana. Llamé al sindicato y me lo confirmaron. Me agarró una angustia total. Para mí era un secuestro, iban a pedir rescate. Porque lo máximo que le podía pasar a un militante hasta entonces era comerse una paliza en una comisaría o estar preso, un año, como estuvo mi viejo una vez. Estuvo preso muchas veces, me acuerdo de cuando lo visitaba en Caseros. Él la veía venir. Ya habían secuestrado a un amigo y él lo buscaba por todos lados. Un día me dijo: "Si a mí me llega a pasar algo, quiero que sepas que yo ni peronista, ni radical, yo estoy con el trabajador y con el pueblo y con nadie más". Por lo que escuchaba en casa y la herencia peronista, yo sabía que la mano venía pesada, pero nada más.

Cuando me dicen que lo secuestraron para mí fue toda una novedad, para mí la desaparición era algo novedoso, no sabía que era eso. Ni por casualidad me pasó por la cabeza que se estaban haciendo las cosas que se hicieron. Es más. Para mí la palabra desaparecido está mal empleada. No existe la desaparición de una persona. Lo que hacían los milicos era secuestrar. ¿Cómo desapareció? Nadie desaparece.

La segunda mujer de mi viejo me contó como fueron las cosas. Estaban la señora, el hijo durmiendo y una tía de la señora, todos acostados. Él en pijama. No podía escapar por ningún techo como hacían en el sindicato de la calle Rincón , que venía la cana y empezaban a escaparse todos por los techos, hay anécdotas espectaculares, caían en una lavandería cercana, se metían debajo de las sábanas y uno los sacaba en carrito, disfrazado de lavandero. Eran otras épocas.

Levantaron a mi viejo. Empezaron a interrogarlo, lo querían rebajar. Así que vos criticaste tal y cual cosa en la Federación de Box, le decían. Si, decía él, dije esto, esto y esto, fue un acto público, está en cualquier diario. Y en el Luna Park, ¿te acordás lo que dijiste ahí?, le decían. Sí les doy y les voy a seguir dando por el resto de mi vida, dijo él. 
La patota se robó el aguinaldo de mi viejo, el aguinaldo de su señora, se llevaron un par de sidras calientes, se robaron una radio, normal. A la señora le dijeron que lo llevaban a la comisaría, "no va a haber problema, a las 8 de la mañana está de vuelta". Mi viejo no se la comía ni por casualidad. Dice: "Quiero saludar a mi señora al menos", se le acerca y le pide que avise a Horacio, un compañero del sindicato. A mí viejo se lo llevan a la una de la madrugada y Horacio estaba ahí a las dos. A las 8 ya había presentado un recurso de habeas curpus. Después, la incertidumbre. Yo iba todos los días al sindicato a ver que se sabía, si lo blanqueaban, si aparecía en Caseros o en Devoto, en una comisaría, en algún lado, así todos los días. Fueron pasando los días, los meses y pasaron los años. Los compañeros del sindicato eran los que se movían buscándolo... Los compañeros golpeaban todas las puertas que podían. Llegaron a la marina y dijeron: "Lo único que queremos es que a Jorge lo pongan en un avión, lo dejen ir y nosotros nos quedamos de rehenes acá por cualquier declaración que él pueda hacer en el exterior sobre este gobierno".

"¿Ustedes están dispuestos a hacer eso?", les dijo el milico, "Eso y mucho más". Le dijeron los compañeros. "Pero Di Pascuale estuvo en China", dijo el milico. Y Horacio le dijo: Él nunca estuvo en China". Y el milico le dice: "¿Me lo va a decir a mí?". Y Horacio: "Yo a usted le puedo decir eso y mucho más y el nunca estuvo en China, estuvo en Cuba enviado por Perón". Perón lo había nombrado su delegado para los países socialistas. Le encargó ir a Cuba y hablar con Fidel Castro, que estaba en la zafra y no lo pudo atender. Entonces lo atendió el Che Guevara. Mi viejo también estuvo en Yugoslavia y otros países.

Durante el 77 fue cuando más se movieron los compañeros del sindicato. Llegaron hasta el Papa, el gobierno militar recibió más de 60 telegramas pidiendo por mi viejo. Horacio entrevistaba a las delegaciones de la CLAT y otras de trabajadores que venían y les decía: "pidan por Jorge".

Mi esperanza era que el viejo algún día iba a aparecer, que lo iban a largar, a blanquear, siempre la esperanza fue esa. Hasta ayer. Este año tomé conciencia de que lo habían matado. Un compañero de trabajo me había dicho que a mi padre lo torturaron mucho, que se ensañaron con él. Por qué querés saber, me preguntó. Le dije que quería saber quién lo mató, cómo, dónde estaba su cuerpo, darle una cristiana sepultura. Fue un coronel, me dice. Yo pensé que moría en ese momento.

Recién este año me di cuenta. Siempre pensé que seguía preso, no lo veía en el exterior sin avisarnos, no era su estilo. 
A mi viejo lo secuestraron gente de Camps y lo llevaron a "el banco", allí lo vio un sobreviviente. Animaba a los detenidos ante tanto horror, que él mismo padecía.

En el año 77 o 78 viene al sindicato una mujer diciendo que la hija había estado desaparecida con mi viejo, que mi viejo la ayudó, la consoló, le decía que con ella se habían equivocado, que iba a salir en 15 días y lo único que le pidió es que avisara a los muchachos del sindicato que lo había visto. La chica había quedado aterrorizada, es la madre la que va al sindicato y cuenta que no sabe dónde, pero que su hija había visto a mi viejo con vida.

Consigo el teléfono y voy a la casa, me recibe la madre y cuando la chica aparece, no sé lo que sentí, le miraba los ojos y pensaba que con esos ojos había visto a mi viejo. Ella no sabía dónde había estado. Le empecé a pedir detalles. Me dijo que el lugar era una sala muy grande dividida por una reja, de un lado los varones, del otro las mujeres. Que era como un sótano, porque la habían hecho bajar.

Me contó que mi papá caminaba como un viejito de tanta picana que le habían metido en los testículos, que sentía un dolor muy grande en la espalda. Le pregunté como estaba él psicológicamente. "Bárbaro", me dijo. Cuando la llevaron al campo la metieron en un buzón, uno de esos calabozos tan pequeños que uno tiene que estar parado, y lloraba. Lloraba y en eso escucha que del otro lado le preguntan porque lloraba y siente, me dice ella, como si hubiera sido la voz del padre, una voz que le dio una gran tranquilidad. Era mi padre... Tenía el casco pelado y en las sienes el pelo blanco y ralo. La cosa me mataba. Me pasé dos días llorando.

Levanté el ánimo y con los datos de la chica fui a antropólogos... luego fui con ella y le hacían preguntas mucho más específicas, por ejemplo si había alguien interior... Le preguntan por las entradas y salidas de prisioneros durante el período que ella estuvo. También por el sistema de tortura. "Los interrogatorios eran por la noche -dice ella-, me acuerdo que un día trajeron al papá de él y lo tiraron contra la pared todo ensangrentado, muerto de frío". Se dio cuenta de que yo estaba delante y dijo: "Discúlpame".

Yo sentía que me estaba muriendo. "Lo tapamos con frazadas -siguió ella-, lo curamos, pero estaba bien". Me quería convencer de que estaba bien. Le siguieron haciendo preguntas, si escuchaba ruidos de aviones o de autos, si cuando la sacaron el camino era de tierra. Ella escuchaba movimientos de autos. Los antropólogos entrecruzaron la información con la que tienen y le dicen que había estado en el Vesubio y a Principios del 77.

Me voy a casa, miro mis libros y veo que la única casa con sótano del Vesubio era la 1. En el croquis había la indicación "acceso al sótano" y justo al lado decía "estacionamiento". Se empezó a armar el rompecabezas. Para mí el viejo estuvo en la casa 1. Lo tuvieron solamente un mes, porque la chica salió a mediados de febrero y dijo que a él lo trasladaron 15 días antes. No sé si ahí lo "trasladaron" a la muerte o lo llevaron a otro centro clandestino.

Voy a seguir investigando. Creo que puedo hacerlo porque asumí que mi papá se murió o lo mataron, si no, nunca hubiera iniciado esta investigación. Es muy difícil. Cuando salí del local de Antropólogos después de escuchar que a mi viejo lo tiraron ensangrentado y muerto de frío, lloré y lloré y no podía parar. Lloré dos días. Al tercero estaba de nuevo en la brecha. Es curioso, porque suelo empezar algo y dejarlo, pero con esto no. Me pincho porque es normal que me pinche y llore, pero después me pongo las pilas automáticamente y salgo a averiguar.

En una reunión de HIJOS pregunté a los chicos si querían saber que había pasado con sus padres y les propuse ir a la Asociación de ex detenidos-desaparecido con fotos de los padres para ver si alguno los reconocía. Todos me dijeron: "Vamos". Pero no dijeron: "¿Cuándo vamos?". Pensando en lo que me había pasado a mí, me pregunté si los chicos estaban en condiciones de saber realmente. Porque hay dos maneras de saber la verdad. Una cosa es saberla de a poco y otra es saberla de golpe, como me pasó a mí cuando me dijeron: "Yo sé quién mató a tu viejo". Pensé que me volvía loco en ese momento. Y si los chicos no preguntan que pasó con sus padres secuestrados es porque saben que todavía no les llegó el momento de hacerlo.

Quiero encontrar los restos de mi padre y darle sepultura. No sé como voy a reaccionar si lo encuentro, hasta dónde me va a dar la cabeza. Lo velaré en el sindicato. Tenía pasión por el sindicato. Cuando se separó de mamá me venía a buscar los sábados y me llevaba al sindicato. Jugábamos a la pelota en el salón de actos, con cuatro sillas hacíamos los arcos, sacábamos afuera las demás y las mesas y nos matábamos a pelotazos. Él vivía en el sindicato. Fuéramos a donde fuéramos, el siempre tenía que pasar por el sindicato, entraba, miraba papeles, no sé que hacía, pero siempre tenía que pasar por el sindicato, sábados, domingos, feriados, todos los días. El sindicato era su morada, lo suyo, su pasión.


Una plaza de la ciudad lleva el nombre de Jorge Di Pascuale

 El día 27 de diciembre, estuvimos muchos de los que lo conocimos y que, alguna vez, compartimos la lucha junto a Jorge, nuestro inolvidable Secretario General. También nos acompañaron los nuevos dirigentes que conocen su trayectoria y lo tienen como ejemplo a seguir en su accionar permanente.

 El Compañero Ferraresi, junto a Fernando Di Pascuale, se refiere a la trayectoria de Jorge

La plaza, ubicada en la calle Lacarra al 1600, entre la avenida Eva Perón y las autopistas Dellepiane y Perito Moreno, está galardonada con una placa que descubrimos al cumplirse 26 años de su secuestro y desaparición física. 

Entre los presentes, queremos mencionar a su hijo Fernando, a Sebastián Borro, Eduardo Luis Duhalde, Antonio Piccioni, Esther El Kadri (madre de cacho), Susana Caride (hermana de Carlos), Bernardo Alberte (hijo del ex delegado de Perón), “Pepe” Azcurra, Rodolfo Fernandez, Carlos Berazategui, Andrés Avellaneda, Héctor Spina, militantes del gremio y otros compañeros, quienes destacaron la enorme importancia de Jorge dentro del Movimiento Obrero y su inclaudicable lucha en defensa de los intereses de los trabajadores y la patria. La imposición del nombre a la plaza, se llevó a cabo tras una ardua gestión del compañero y amigo de Jorge, Roque Bellomo, quien logró el acuerdo de todos los diputados porteños para sancionar, el 2 de Octubre de 2002, el decreto Nº 1.275, de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.